El método de sanar lo roto: Romper el círculo de la violencia con Noemí González
En este episodio profundamente conmovedor de El Método, Paola Romero conversa con Noemí González, una psicóloga clínica que sobrevivió un intento de feminicidio por parte de su expareja. Su historia es una manifestación viva del kintsugi: el arte japonés de reparar lo roto con oro para darle una nueva belleza.

Antes de entrar en su testimonio, Paola introduce una realidad estremecedora: solo en 2024, más de 70 mujeres dominicanas murieron en manos de sus parejas. Noemí pudo haber sido una de ellas. Pero no lo fue. Y hoy, con voz firme, serena y llena de Dios, cuenta su historia no como víctima, sino como sobreviviente.
La historia de Noemí comienza desde sus 12 años, cuando conoció al hombre que años después casi la mataría. Se casó a los 17, embarazada, viviendo bajo patrones de crianza donde “una mujer decente se casa y se muere con ese hombre”. Desde muy temprano, aparecieron señales de violencia: agresiones físicas, insultos, control, celos, inestabilidad emocional, cambios de humor, persecución, aislamiento y manipulación.
Durante ocho años separada, Noemí crio sola a sus hijos. Sin embargo, tras la muerte de su madre —y en plena vulnerabilidad— decidió regresar con él. El primer año pareció ser distinto, pero luego los celos, el control obsesivo, la desconfianza y el maltrato emocional regresaron con más fuerza. Y lo más doloroso: él comenzó a maltratar a sus hijos para dañarla a ella.
El 19 de agosto de 2016, mientras Noemí cerraba un cuatrimestre universitario lleno de logros, su pareja llegó alterado, ebrio y lleno de celos infundados. En un ataque repentino tomó un machete y la agredió brutalmente: amputó un dedo, cercenó sus brazos casi en totalidad, la cortó en la cabeza, cara y piernas, dejándola sangrando en el suelo del baño.
Ese día, ella escuchó una voz que decía: “Los dos nos vamos a morir.” Pero también escuchó a Dios: “No te vas a morir aquí.” Esa certeza fue su respiración.
Mientras él intentaba suicidarse ingiriendo químicos, gas y medicamentos, vecinos desesperados rompieron puertas y ventanas para rescatarla. Aún así, Noemí —enfermera en formación— dio instrucciones para que no la contaminaran y pudieran salvarle los brazos. Los médicos lucharon por su vida y la vida venció. Ella venció.
Sanar no fue solo físico; fue espiritual, emocional y psicológico. Aun así, Noemí decidió algo que parece imposible: no alimentar odio. Ha perdonado, aunque todavía lucha cuando el dolor físico le recuerda lo que perdió. Pero nunca, ni un solo día, ha enseñado rencor a sus hijos.
Hoy, su expareja está sentenciado a 20 años de prisión. Ella teme por su vida si él sale antes, pues percibe que no ha sanado ni mostrado arrepentimiento genuino. Pero se mantiene firme: la justicia es de Dios.
Noemí cuenta cómo sus hijos —hoy adultos— han manejado su propia sanidad, y cómo ella siempre protegió su corazón del odio para preservar los corazones de ellos. Su proceso espiritual, su ministerio de intercesión y su conexión con Dios han sido su medicina y su fuerza.
Cuando Paola le pregunta qué le diría a una mujer que aún está en una relación abusiva, ella responde con claridad:
“No se queden. No es por los hijos. Le hacen más daño quedándose.”
Y añade:
“De cobardes es quedarse en el piso; de valientes es levantarse.”
Sobre cómo quiere ser recordada, Noemí dice:
“Como una persona que te pudo dar una palabra que abriera tus ojos y que te dijera que hay nuevas oportunidades.”
Este episodio es un recordatorio urgente y necesario: toda mujer merece vivir lejos de la violencia y cerca del amor, la seguridad, la dignidad y Dios.
Y que, aun cuando la vida nos rompa, siempre existe un método para volver a unir nuestras piezas con oro.
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